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EDUCACIÓN TRADICIONAL: VICTIMIZACIÓN, SUMISIÓN Y DEPENDENCIA

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La educación tradicional incentiva a las mujeres a que las cosas y la gente ajena a nosotras asuman la responsabilidad de nuestra felicidad. Cuando nos sentimos incompletas y no cobramos conciencia de que somos adultas y completas, de que somos únicas, irrepetibles e irreemplazables, buscamos en otros lo que no somos capaces de darnos a nosotras mismas, y el resultado es un mayor vacío y una gran frustración porque insistimos en buscar fuera las respuestas que llevamos dentro.

Las acciones que nos enseñan desde pequeñas están basadas en suposiciones que suelen ser falsas. Se nos enseña a vivir a salvo, a evitar riesgos, a conformarnos con lo que somos, a amoldarnos a las circunstancias, a ser una más entre la gente, a andar de puntillas por la vida, en vez de bailar y correr por ella. En consecuencia, no sabemos lo que hay disponible para nosotras.

Cuando aceptamos todo lo que se nos ha enseñado como un dogma y no lo cuestionamos, nos vamos convirtiendo en zombis, en robots, y las circunstancias dominan nuestras vidas. Así, la dependencia aumenta y se producen los miedos: miedo a ser nosotras mismas, miedo a perder el afecto de los otros, miedo a ser criticadas, miedo a ser diferentes, miedo a romper las reglas y tradiciones ancestrales de la familia (aunque muchas de estas se centren más en guardar las apariencias que en crecer como personas), miedo a fracasar y también a triunfar, miedo a encontrarnos con nosotras mismas porque probablemente encontremos muy poco, miedo a perder la seguridad a que nos aferramos, miedo a elegir cuando por años nos han resuelto lo que demos hacer, lo que es bueno y lo que es malo, aunque nada de esto tenga que ver con lo correcto, miedo a pensar y cuestionar, miedo a cambiar un neumático, un fusible, miedo a decir lo que pensamos, a vivir como sentimos, a expresar nuestros deseos, a decir si y también no. Todo esto nos convierte en seres vulnerables, pequeños, débiles y victimas del destino.

Cuando ignoramos nuestro crecimiento interior, cuando preferimos complacer a los demás, actuar como los demás y hacer lo que hacen los demás, ser diferentes, aun en lo pequeño, nos genera conflicto y alienta los temores. No podemos seguir siendo una simple repetición de lo que nos dijeron, no podemos convertirnos en una veleta que se mueve conforme a los vientos del entorno.

Queremos que nos amen, pero damos pistas falsas y no somos capaces de expresar y comunicar sentimientos y deseos porque las niñas buenas solo escuchan y no hablan, porque los resentimientos guían nuestra vida, porque en nuestro libro de contabilidad faltan sufrimientos todavía y porque, al no saber amarnos, no podemos ayudar a otros a que nos amen y mucho menos a que nos comprendan. Josefina Vázquez Mota

Libro: Dios mío, hazme viuda por favor.

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